La Vida en Torno al Ascensor

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Ha habido muchos inventos que han facilitado la vida de las personas, muchos. Otros, al contrario, la han dificultado. Pero si hay algo que ha facilitado, dificultado, mosqueado, alegrado y otros cientos de sentimientos y estados de ánimo al ser humano, eso es sin duda el ascensor.

Y es que, por ejemplo, ¿hay algo que te pueda hacer enfadar más que un ascensor averiado cuando llegas cansado a casa? y por el contrario, los repartidores de supermercados me darán la razón con esto, ¿hay algo mejor que descubrir que en el edificio que vas a subir una compra de 200€ a un 4º piso, tiene ascensor? Y como estos dos casos hay miles con un ascensor como referencia.

Después tenemos un montón de situaciones cotidianas que cuentan con el ascensor como protagonista en cuanto a lugar se refiere, porque a ver, ¿quién no se ha montado tranquilamente en el ascensor, se ha relajado mientras sube los seis pisos hasta su casa y de tanta relajación se le ha aflojado el muelle? Sí, efectivamente, me refiero a que has soltado, casi involuntariamente, una ventosidad o cuesco, la mayoría de las veces de esos silenciosos, de los que queman, y has liado un olor parecido a la mezcla de cieno con coliflor cocida. En ese momento, así seas el más ateo del mundo, te has puesto a rezar a todos los dioses, santos y derivados pidiendo que tu vecino no esté arriba, esperando para usar el ascensor, mientras vas moviendo los brazos haciendo aspavientos, intentando disipar la atmósfera tóxica que tú mismo has creado, inútilmente, por supuesto. Menos mal que, al menos en mi caso, nunca ha habido nadie esperando al llegar. Esta situación puede llegar a complicarse si la hacemos a la inversa, osea, rajarte mientras bajas a la planta baja, que sabes que hay muchas más opciones de que haya alguien esperando. Yo reconozco que me he arriesgado y lo he hecho, eso sí, he tenido suerte de que tampoco he pillado a nadie esperando, pero sí entrando por el portal dispuesto a coger el ascensor, lo que significa que han tenido que mascárselo con más o menos intensidad.

Otra situación que me resulta cuanto menos curiosa es el momento en que estamos a punto de llegar al ascensor y oímos que alguien abre la puerta de la calle y se acerca. En ese instante abrimos el ascensor, nos metemos dentro y pulsamos el botón como si nos fuera la vida en ello. No podemos evitarlo, es instintivo. Tenemos la necesidad imperiosa de dejar al vecino o al que venga esperando abajo, y todo porque no hemos querido compartir el ascensor. Pero es que lo gracioso del tema es que mientras vamos subiendo solos, tenemos una sensación de euforia como, no se, si hubiéramos firmado un contrato indefinido. Yo alguna vez me he puesto hasta nervioso mientras se cierra la puerta del ascensor, pensando que el vecino va a llegar a tiempo. Claro que cuando nos lo hacen a nosotros, que nos lo hacen, ya no nos hace tanta gracia: –“El hijoputa, no se podía haber esperado un poco” –

Pero es que no se porqué, pero lo de compartir el ascensor no nos entusiasma demasiado. Si vas con familiares o conocidos, pues no pasa nada, subes o bajas sin ningún sobresalto. Pero cuando vas con un desconocido cambia la cosa. Ya sea porque tienes a una persona a veinte centímetros de ti que no conoces de nada o porque tu espacio vital se siente invadido, el caso es que no puede haber una situación más incómoda. El trayecto se hace interminable, parece que estés subiendo a la última planta del Empire State Building. La conversación se limita a: – “Buenas, ¿a qué piso vas?” – “Al cuarto” – “Yo al sexto” . Y lo peor, al menos para mí, es que si el cerebro te quiere jugar una mala pasada, hará que recuerdes algo gracioso y que te den ganas de reír. Si de por sí se hace largo, imaginad amigos y amigas, cómo se hará si encima tienes que aguantarte la risa para no quedar como un gilipollas delante de un desconocido.

Otra situación parecida, menos incómoda pero igual de absurda es cuando coincides con un vecino, pero no tienes mucha confianza con él. Por supuesto también se hace largo el camino, pero aquí el tema estrella de conversación no es otro que el tiempo. No creo que haya ningún lugar en el que se hable más del tiempo que en un ascensor. Te saca del apuro de a ver de qué hablas y a su vez hace el trayecto más ameno. Si te sobra algo de tiempo pues ya puedes sacar algún tema de la comunidad de vecinos, esto ya a gusto del consumidor.

Como habéis podido observar (y leer), los usos del ascensor van unidos sentimentalmente a un estado personal según la situación, y esto solo ha sido una pequeña muestra, seguro que cada uno tendrá sus propios idilios con su elevador favorito. Yo siento no poder desarrollar más el tema, pero es que estoy atascado en mi ascensor con la compra del Mercadona, por haberle dado muy rápido al botón antes de que llegara alguien, y sin oxígeno prácticamente por culpa de una bomba fétida de fabricación propia que se me ha escapado.

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