Cuando un tuerto no para de mirarte

 

 

Con los tiempos que corren lo primero que tengo que hacer aquí es pedir disculpas de antemano por el título que he puesto. Ya sabemos que hoy en día absolutamente todo es ofensivo y que cada vez es más difícil ser políticamente correcto, ya que las cosas que tradicionalmente eran aceptadas como “normales” ahora son ataques de una u otra forma a algún colectivo de personas. Pero bueno, este es un tema que trataré con más calma en otro momento.

La mala suerte se puede medir en varios grados, siempre dependiendo del punto de vista de cada afectado. Para unos, el colmo de la mala suerte puede ser que se les acabe la tinta del bolígrafo (evidentemente, gente con no muchos problemas) y para otros el no comprar lotería de Navidad en su trabajo justo el año en que le toca a todos.

A cada uno, por supuesto, le afecta su propia mala suerte y, es más, casi siempre se regocija de la mala suerte ajena, al igual que nos jode cuando alguien tiene mejor suerte que nosotros: “Me ha tocado en un sorteo de Facebook un iPad” – “Qué bien! Me alegro mucho”. Mentira, y de las gordas además. Nadie se alegra de esas cosas, salvo el agraciado, pero claro, si no haces el paripé en esas cosas te pueden tachar de envidioso, lo cual es cierto y todo el mundo lo sabe, pero no hay que poner las cosas tan fáciles.

Volviendo a la forma de medir la mala suerte, quiero orientar el tema al aspecto laboral. Todo el mundo se queja en mayor o menor medida del trabajo que tiene, es normal, y cada uno achaca su desdicha a cosas tan dispares como las diferencias de los distintos puestos de trabajo. Ejemplos: hay gente que tiene mala suerte porque “solo” tienen una hora de desayuno (algunos la prorrogan otro par de horas); otros incluso van más allá, cuando el infortunio hace que pasen de ganar 15000€ mensuales a unos míseros 12500€. También los hay, ya estos pertenecientes a un mundo más terrenal, que tienen la mala suerte de tener que ir a trabajar un sábado al mes. Como veis, son casos que pueden destruir una vida entera, de una extremísima mala suerte difícilmente descriptible.

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Pero como me gustan los retos, voy a intentar enumerar algunos casos más que puedan competir con los trágicos ejemplos indicados más arriba:

Mala suerte es que tengas un trabajo más o menos asegurado, te compres un coche y al mes te llamen de un trabajo mejor, te arriesgues y te vas al trabajo nuevo y a los cinco meses (y dos sin cobrar) te enteres que el encargado se ha ido con todo el dinero, la empresa se declara insolvente y el fondo salarial solo te paga el 70% (descontando el abogado).

Mala suerte es que entres a trabajar en una empresa para un puesto fijo, a la semana entra uno de prácticas, al mes dice el jefe que las cosas no van bien y que tiene que prescindir de un trabajador, justo cuando descubres que el padre del muchacho de prácticas es íntimo del jefe.

Mala suerte es que estés trabajando en una fábrica que lleva 30 años abierta, al segundo mes empiecen los retrasos para cobrar y al quinto, con dos nóminas a deber, te digan que no hay dinero para pagar ni los atrasos, pero que te arreglan el paro, aceptas el trato y firmáis mutuamente un compromiso de pago de finiquito, pero la empresa quiebra y no ves un duro al final.

Mala suerte es estar cobrando el paro, y por desconocimiento (primera vez) se te pasa renovar la demanda y te avise el INEM que tienes que devolver el último mes de cobro más intereses, y por más reclamos y explicaciones que des solo sirva para perder el tiempo (y crear más intereses).

Mala suerte es que trabajes en una empresa recién abierta, solo cobres el primer mes, aguantes tres meses más, porque ya de perdíos al río, el jefe que no aparezca nunca y te quedes otra vez más sin cobrar. Para más inri, el uniforme de trabajo era un mono verde de tirantes y una camisa de franela tipo leñador.

Mala suerte es trabajar los fines de semana barriendo las calles, te dejes la espalda, y ver que, a pesar de que la mitad o más de tus compañeros se están tocando los huevos, es a ti al que no renuevan.

Mala suerte es que tengas un trabajo indefinido por fin, lleves más de dos años (con sus días buenos y sus días malos), te llamen para trabajar al lado de tu casa, aceptes porque te dicen que te respetan las mismas condiciones que tienes, descubras a la hora de firmar que las condiciones se las han pasado por el forro y que a los cinco meses te digan que lo sienten mucho, que la situación ha pegado un giro de 180º y que tienen que recolocar a otros trabajadores más antiguos, pero que no pasa nada, que en un par de meses te volverán a llamar, llamada la cual nunca se producirá.

Mala suerte es (casi el cénit) que después de casi dos años en paro te llamen para trabajar, vas a firmar el contrato, que no es muy bueno del todo, y cuando vas de camino a casa, te llaman también para trabajar en el sitio que habías estado indefinido, decantándote al final por este último porque conoces el puesto como la palma de tu mano, aunque suponga estar a 600 kms de tu familia.

Mala suerte es que a los 48 días de volver a tu antiguo puesto de trabajo te manden un burofax diciendo que no has superado el período de prueba, que es de 50 días, en un trabajo que realizas con los ojos cerrados, además de ver que te han sustituido por una persona que ni siquiera habla español, en un puesto que supone estar al teléfono el 80% del tiempo, y que cuando vas a la empresa a pedir explicaciones no te encuentras allí ni al portero (y eso que es automático).

Mala suerte es que llegues a una empresa consolidada, hagas un trabajo descomunal, ya que el retraso que lleva ese puesto es de nueve meses, entres bastante antes y salgas después por hacer un favor a la empresa, estés cobrando casi la mitad de lo que deberías porque encima tienes que estar agradecido de que te hayan contratado, y a los tres meses digan que de los cinco que estáis en la oficina solo van a quedarse los dos más veteranos, pero no, al final resulta que solo sobras tú, eso sí, todos los jefes alaban tu trabajo y nadie esperaba que te echaran. A esto, para acompañar aún más si cabe a tu cenizo, súmale que tu padre es encargado general de esa empresa y no puede hacer nada al respecto, salvo ver cómo a su hijo lo tratan con la punta del pie.

Para todos los que sospechabáis, decir que sí, que todo eso se puede decir que es mi Curriculum Vitae. Otros dirán “pues haberte preparado unas oposiciones”, pero para eso también tengo otra dosis de mi suerte:

Mala suerte es preparar una oposición, no hacerlo mal del todo (tampoco para ser el número 1), que apruebe el 90% o más de los compañeros de academia y quedarte tu con la cara de gilipollas, y para más desgracia te vas con la familia para reponerte un poco del mal trago a cenar a un restaurante, y ¿sabéis qué? era el mismo restaurante en el que habían quedado todos los compañeros de la academia para celebrar el aprobado.

Dicen que la suerte es esquiva, pero se refieren a la buena claro está, ya que la mala, una vez instalada en tu chepa, no te la quitas en la puta vida.

A seguir bien.

 

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